La pista de baile relucía. Las luces de colores que bajaban desde las tribunas invitaban a cerrar los ojos y a soñar con una tarde eléctrica. La música hipnotizaba a la multitud invitada. Pero no llegaba.
Cuando uno va al boliche lo hace con la expectativa de bailar con la más linda. La busca. Camina la pista, se acerca a la barra. Presume con su pilcha y su estampa. Para lograr el cometido, no hay otra que sentirse ganador y actuar como tal.
Ayer Atlético tenía todo. La ropa, la música que mejor le sienta y una pista a su merced. Pero no. Sin el swing que exigía una circunstancia ideal para el éxito, le tocó bailar con la más fea. Aturdido, fue perdiendo la pose.
Hasta que a media tarde hizo un click. Volvió a sintonizar la melodía preferida y se olvidó de los prejuicios. Se soltó, o al menos intentó hacerlo. Fue al frente, trastabilló de un lado a otro de la pista hasta que la encontró. La sacó a bailar, se rehusó. Insistió e insistió empujado más por los invitados a la fiesta que por convicción. Hasta que lo logró y celebró. Aunque una cosa es cierta. Un clásico sin público visitante es como ganar el Quini 6 y no encontrar el cartón para cobrar el premio. Como bailar con las más linda, pero no tener un amigo cerca que lo testifique.